Drácula y su Constitución narrativa

De manera introductoria, minimizando el atiborre cuantitativo de datos excesivos, o descripciones relevantes; daré icono al vampirismo entiéndase por sobre todo literario, ante la obra Drácula del autor Bram Stoker.


El antecedente histórico, «principal» de esta obra, es Vlad Tepes III hijo.
Descendientes de Vlad Tepes II padre.
El primogénito, nació en 1426, en Transilvania,(región actual Rumanía). Transilvania es una región que se ubica en el centro de Rumania. Es famosa por las ciudades medievales, las fronteras montañosas y los castillos como el castillo de Bran, una fortaleza gótica asociada con la leyenda de Drácula.
La ciudad de Brașov tiene murallas y bastiones sajones, junto con la amplia Plaza del Consejo, rodeada de coloridos edificios barrocos, y la altísima Iglesia Negra gótica y los cafés. Cerca se encuentra Poiana Brașov, un centro de esquí popular.
En ese entonces, Rumanía tenía una posición transversalmente hispida con Turquía y Europa. Los rumanos acudían al parapeto entre el debate y el negocio.
Vlad padre era un Voivoda:
El padre de Vlad III fue conocido como «Vlad Dracul» o «Vlad el Dragón«. En Rumano, la palabra
«drac» significa Dragón y «ul» es el artículo determinado [al]. El combate con los turcos lo dotó de este título.
Vlad Tepes padre, dio descendencia a tres hijos: Vlad Tepes III, Vlad Radio, y Vlad el Monje.


En un combate con los turcos, Vlad Tepes II, Vlad Tepes III hijo, y Vlad Radu, fueron sometidos como rehenes.
Vlad Radu, (el Hermoso), quedó en la orden del sultán como parte de su harén.
Vlad tepes hijo era muy temido aún por sus guardiacárceles. En esos tiempos andamos folletines con anécdota sanguinarias acerca de él: empalador profesional por placer de absolutamente déspota. En la Edad media el poder otorgaba el donde la impunidad. La libertad de hacer uso y abuso.
Época de crueldades en la que nadie se privaba de las torturas.

La condesa Erzsébet Báthory de Ecsed castellanizado Isabel Bathory (en húngaro: Báthory Erzsébet, ˈbaːtoɾi ˈɛɾʒeːbɛt) (Nyírbátor, Hungría, 7 de agosto de 1560-Castillo de Čachtice, actual Trenčín, Eslovaquia, 21 de agosto de 1614) fue una aristócrata húngara, perteneciente a una de las familias más poderosas de Hungría. Ha pasado a la historia por haber sido acusada y condenada de ser responsable de una serie de crímenes motivados por su obsesión por la belleza que le han valido el sobrenombre de la Condesa Sangrienta: es la mujer que más ha asesinado en la historia de la humanidad, con 650 muertes.

Al enviudar y liberarse de conducta medidas expandió su deseo de la eterna juventud. Ante un suceso de carácter cotidiano: Mientras su sirvienta estaba peinando los cabellos de Bathory; una herida punzocortante, hirió la mano de la muchacha y salpicó imprevisto el esternón de Elizabet. Ante la obsesión vanidosa de la señora, la piel rugosa se hizo lozana, y la poción de mister Hyde llegó al punto de hervor para aquella cortesana.
A partir de ese suceso, sin discreción, se dio a secuestrar campesinas. En arnés,. Por sobre ella que les causaba heridas lacerantes, en tanto se impregnaba con la sangre.

Cuándo apostó por un ascenso ambicioso: a la juventud sofisticada. Voy por las nobles muchachas. Y en el afán, no tengo cuidado de nada.
La pócima de la juventud desvarío al despreocuparse: los estratos nobiliarios, son visibles y el sustrato de condenatorio.

Así fue condenada a vivir emparedada hasta su muerte.
En el acto de Uno de sus antepasados fue Vlad Tepes, ‘El Empalador’.

La tríada se completa con quién será inspiración de la trama del cuento Barba Azul de Perrault, Charles.

Gilles de Montmorency-Laval, barón de Rais, llamado Gilles de Rais (o Gilles de Retz) (circa septiembre de 1405 ? – 26 de octubre de 1440) (35 años),[1] fue un noble francés del siglo XV que luchó en los años finales de la guerra de los Cien Años junto a Juana de Arco. Gilles fue acusado de participar en una serie de asesinatos y crímenes sexuales contra cientos de niños.

Junto con Erzsébet Báthory, la aristócrata húngara conocida como «la condesa sangrienta», es considerado como uno de esos aristócratas que utilizó su gran fortuna para dar rienda suelta a sus fechorías. Este hombre impulsivo, cuyos crímenes contradecían su exacerbada fe y creencia cristiana, que seguía la frase del pregón pascual Felix culpa! —traducido como «¡Dichosa culpa!»— y que tuvo un anhelado deseo del perdón de Dios, inspiró a Charles Perrault a la hora de explicar la historia de Barba Azul.

Georges Bataille lo calificó como «un niño con poder», y lo acusó de «ser un monstruo esencialmente infantiloide» y de «tener un carácter arcaico». En sus juicios, de Rais dijo que había actuado según la naturaleza que le habían impuesto los astros, y que no de las muertes de su madre y padre.

Gilles de Rais
noble y asesino en serie francés que participó en la guerra de los 100 años, junto a Juana de Arco entonces… Mis queridos anarquistas (ojo acá).
Un dato de color con respecto al castigo que fue (incinerado vivo); mientras ardía, los mismos progenitores de los niños sacrificados por chiles del país orar pidiendo algunos milagros… Y al recibir una especie de fuerza paranormal como respuesta lo salvaron de las llamas…

Barba Azul

Hay un trozo de barba que se conserva en el convento de las monjas blancas de las lejanas montañas. Nadie sabe cómo llegó al convento. Algunos dicen que fueron las monjas que enterraron lo que quedaba de su cuerpo, pues nadie más quería tocarlo. La razón de que las monjas conservaran semejante reliquia se desconoce, pero se trata de un hecho cierto. La amiga de mi amiga la ha visto con sus propios ojos. Dice que la barba es de color azul, añil para ser más exactos. Es tan azul como el oscuro hielo del lago, tan azul como la sombra de un agujero de noche. La barba la llevaba hace tiempo uno que, según dicen, era un mago frustrado, un gigante muy aficionado a las mujeres, un hombre llamado Barba Azul.
Dicen que cortejó a tres hermanas al mismo tiempo. Pero a ellas les daba miedo su extraña barba de tono azulado y se escondían cuando iba a verlas. En un intento de convencerlas de su amabilidad, las invitó a dar un paseo por el bosque. Se presentó con unos caballos adornados con cascabeles y cintas carmesí. Sentó a las hermanas y a su madre en las sillas de los caballos y los cinco se alejaron a medio galope hacia el bosque. Pasaron un día maravilloso cabalgando, mientras los perros que los acompañaban, corrían a su lado y por delante de ellos.

Más tarde se detuvieron bajo un árbol gigantesco y Barba Azul deleitó a sus invitadas con unas historias deliciosas y las obsequió con manjares exquisitos.
Las hermanas empezaron a pensar “Bueno, a lo mejor, este Barba Azul no es tan malo como parece”.

Regresaron a casa comentando animadamente lo interesante que había si- do la jornada y lo bien que se lo habían pasado. Sin embargo, las sospechas y los temores de las dos hermanas mayores no se disiparon, por lo que éstas decidieron no volver a ver a Barba Azul. En cambio, la hermana menor pensó que un hombre tan encantador no podía ser malo. Cuanto más trataba de convencerse, tanto menos horrible le parecía aquel hombre, y tanto menos azul, le parecía su barba.
Por consiguiente, cuando Barba Azul pidió su mano, ella aceptó. Pensó mucho en la proposición y le pareció que se iba a casar con un hombre muy elegante. Así pues, se casaron y se fueron, al castillo que el marido tenía en el bosque.
Un día él le dijo:
—Tengo que ausentarme durante algún tiempo. Si quieres, invita a tu familia a venir aquí. Puedes cabalgar por el bosque, ordenar a los cocineros que preparen un festín, puedes hacer lo que te apetezca y todo lo que desee tu corazón. Es más, aquí tienes mi llavero. Puedes abrir todas las puertas que quieras, las de las despensas, las de los cuartos del dinero, cualquier puerta del castillo, pero no utilices la llavecita que tiene estos adornos encima.
La esposa contestó:
—Me parece muy bien, haré lo que tú me pides. Vete tranquilo, mi querido esposo, y no tardes en regresar.
Así pues, él se fue y ella se quedó.
Sus hermanas fueron a visitarla y, como cualquier persona en su lugar, tu- vieron curiosidad por saber qué quería el amo que se hiciera en su ausencia. La joven esposa se lo dijo alegremente.
—Dice que podemos hacer lo que queramos y entrar en cualquier estancia que deseemos menos en una. Pero no sé cuál es. Tengo una llave, pero no sé a qué puerta corresponde.
Las hermanas decidieron convertir en un juego la tarea de descubrir a qué puerta correspondía la llave. El castillo tenía tres pisos de altura con cien puertas en cada ala y, como había muchas llaves en el llavero, las hermanas fueron de puerta en puerta y se divirtieron muchísimo abriendo las puertas. Detrás de una puerta estaban las despensas de la cocina; detrás de otra, los cuartos donde se guardaba el dinero. Había toda suerte de riquezas y todo les parecía cada vez más Prodigioso. Al final, tras haber visto tantas maravillas, llegaron al sótano y, al fondo de un pasillo, se encontraron con una pared desnuda.
Estudiaron desconcertadas la última llave, la de los adornos encima.
—A lo mejor, esta llave no encaja en ningún sitio.
Mientras lo decían, oyeron un extraño ruido… “errrrrrrrr”. Asomaron la cabeza por la esquina y, ¡oh, prodigio!, vieron una puertecita que se estaba cerran- do. Cuando trataron de volver abrirla, descubrieron que estaba firmemente ce- rrada con llave. Una de las hermanas gritó:
—¡Hermana, hermana, trae la llave! Ésta debe de ser la puerta de la misteriosa llavecita.
Sin pensarlo, una de las hermanas introdujo la llave en la cerradura y la hizo girar. La cerradura chirrió y la puerta se abrió, pero dentro estaba todo tan oscuro que no se veía nada.
—Hermana, hermana, trae una vela. Encendieron una vela, contemplaron el interior de la estancia y las tres lanzaron un grito al unísono, pues dentro había un lodazal de sangre, por el suelo estaban diseminados los ennegrecidos huesos de unos cadáveres y en los rincones se veían unas calaveras amontona- das cual si fueran pirámides de manzanas.
Volvieron a cerrar la puerta de golpe, sacaron la llave de la cerradura y se apoyaron la una contra la otra, jadeando y respirando afanosamente. ¡Dios mío! ¡Dios mío!
La esposa contempló la llave y vio que estaba manchada de sangre. Horro- rizada, intentó limpiarla con la falda de su vestido, pero la sangre no se iba.
—¡Oh, no! —gritó.
Cada una de sus hermanas tomó la llavecita y trató de limpiarla, pero no lo consiguió.
La esposa se guardó la llavecita en el bolsillo y corrió a la cocina. Al llegar allí, vio que su vestido blanco estaba manchado de rojo desde el bolsillo hasta el dobladillo, pues la llave estaba llorando lentamente gotas de sangre de color rojo oscuro.
—Rápido, dame un poco de crin de caballo —le ordenó a la cocinera.
Frotó la llave, pero ésta no dejaba de sangrar. De la llavecita brotaban gotas y más gotas de pura sangre roja.
La sacó fuera, la cubrió con ceniza de la cocina y la frotó enérgicamente. La acercó al calor para chamuscarla. La cubrió con telarañas para restañar la san- gre, pero nada podía impedir aquel llanto.
—¿Qué voy a hacer? —gritó entre sollozos—. Ya lo sé. Esconderé la llavecita. La esconderé en el armarlo de la ropa. Cerraré la puerta. Esto es una pesadilla. Todo se arreglará.
Y eso fue lo que hizo.
El esposo regresó justo a la mañana siguiente, entró en el castillo y llamó a la esposa.
—¿Y bien? ¿Qué tal ha ido todo en mi ausencia?
—Ha ido todo muy bien, mi señor.
—¿Cómo están mis despensas? —preguntó el esposo con voz de trueno. —Muy bien, mi señor.
—¿Y los cuartos del dinero? —rugió el esposo.
—Los cuartos del dinero están muy bien, mi señor.
—O sea que todo está bien, ¿no es cierto, esposa mía?
—Sí, todo está bien.
—En tal caso —dijo el esposo en voz baja—, será mejor que me devuelvas las llaves. —Le bastó un solo vistazo para darse cuenta de que faltaba una llave— . ¿Dónde está la llave más pequeña?
—La… la he perdido. Sí, la he perdido. Salí a pasear a caballo, se me cayó el llavero y debí de perder una llave.
—¿Qué hiciste con ella, mujer?
—No… no… me acuerdo.
—¡No me mientas! ¡Dime qué hiciste con la llave! —El esposo le acercó una
mano al rostro como si quisiera acariciarle la mejilla, pero, en su lugar, la agarró por el cabello—. ¡Esposa infiel! —gritó, arrojándola al suelo—. Has estado en la habitación, ¿verdad?
Abrió el armarlo ropero y vio que de la llavecita colocada en el estante supe- rior había manado sangre roja que manchaba todos los preciosos vestidos de se- da que estaban colgados debajo.
—Pues ahora te toca a ti, señora mía —gritó, y llevándola a rastras por el pasillo bajó con ella al sótano hasta llegar a la terrible puerta.
Barba Azul se limitó a mirar la puerta con sus fieros ojos y ésta se abrió. Allí estaban los esqueletos de todas sus anteriores esposas.
—¡¡¡Ahora!!! —bramó.
Pero ella se agarró al marco de la puerta y le suplicó:
—¡Por favor! Te ruego que me permitas serenarme y prepararme para mi
muerte. Dame un cuarto de hora antes de quitarme la vida para que pueda que- dar en paz con Dios.
—Muy bien —rezongó el esposo—, te doy un cuarto de hora, pero procura estar preparada.
La esposa corrió a su cámara del piso de arriba y pidió a sus hermanas que salieran a lo alto de las murallas del castillo. Después se arrodilló para rezar, pe- ro, en su lugar, llamó a sus hermanas.
—¡Hermanas, hermanas! ¿Veis venir a nuestros hermanos?
—No vemos nada en la vasta llanura.
A cada momento preguntaba:
—¡Hermanas, hermanas! ¿Veis venir a nuestros hermanos?
—Vemos un torbellino, puede que sea una polvareda.
Entretanto, Barba Azul ordenó a gritos a su mujer que bajara al sótano para decapitarla.
Ella volvió a preguntar:
—¡Hermanas, hermanas! ¿Veis venir a nuestros hermanos?
Barba Azul volvió a llamar a gritos a su mujer y empezó a subir ruidosa- mente los peldaños de piedra.
Las hermanas contestaron:
—¡Sí, los vemos! Nuestros hermanos están aquí y acaban de entrar en el castillo.
Barba Azul avanzó por el pasillo en dirección a la cámara de su esposa. —Vengo a buscarte —rugió.
Sus pisadas eran muy fuertes, tanto que las piedras del pasillo se desprendieron y la arena de la argamasa cayó al suelo.
Mientras Barba Azul entraba pesadamente en la estancia con las manos extendidas para agarrarla, los hermanos penetraron al galope en el castillo e irrumpieron en la estancia. Desde allí obligaron a Barba Azul a salir al parapeto, se acercaron a él con las espadas desenvainadas, empezaron a dar tajos a diestro y siniestro, lo derribaron al suelo y, al final, lo mataron, de) ando su sangre y sus despojos para los buitres.

https://youtu.be/PQM6RWZu22Y

Barba Azul

El tema de la prohibición y castigo al transgresor o a la transgresora, es históricamente recurrente, y aquí se conjuga por un lado con el de la habitación secreta o prohibida y por otro con el de la curiosidad ilícita de la mujer. En este sentido Barba Azul tiene antecedentes en la narrativa sobre Eva, la mujer de Lot, Pandora, Psique y la esposa de Lohengrin. De hecho, en la historia helenística de Cupido y Psique, los temas del misterioso marido ausente, la mansión suntuosa y la curiosidad ilícita ya están todos presentes.

Son muchas las cuestiones que llaman la atención en este cuento francés de la tradición oral, que aparece escrito por Charles Perrault en los Cuentos de mamá Oca, Historias o cuentos del pasado con moralejas en enero de 1697. Para comenzar no parece un cuento maravilloso.
Un análisis que sea popularizado argumenta algo que para mí es una zoncera. Le da el parangón a este cuento con cualquiera de perteneciente a Edgar Allan Poe.


INTENTAR NO ES MERECER al señor Charles Perrault. Sin embargo ante cualquier mirada distraída, es interpretado el entramado narrativo desde el lado simple carece de lenguaje de coros carece de senderos que se bifurcan el final es acomodaticio con la clase noble que recibiría este tipo de fábulas.
si son anarquistas obviamente saben que a los nobles y a los aristócratas y los contenta con finales felices donde el hijo del psicópata el discapacitado mental es presidente.
El lado notable de Charles perrault desde mi humilde observación se relaciona con dejar satisfecho al noble empero advertirles sobre todas las mujeres de las actitudes estratégicas de esos posibles futuros maridos.
Es como un «despabilar cortesana, quién te ofrece la jaula de oro, ese mismo será tu prisión.» No todo lo que brilla es oro.
Otro cuento como the biggest «Caperucita Roja»: cuidado con los lobos que ofrecen el camino más fácil … ¿Será para poder abrir el candado del calzón de lata de la cortesana?

En esa época ha sido un gran compañero de la mujer si es que las cortesanas comprendían ese mensaje.
Quizás hasta era un niño detrás de las estructuras familiares tan rígidas y condescendientes con las prendas que compraban a sus niñas.

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