«Acto de contrición»Silvina Ocampo

❤️

Tengo en mi tantos arrepentimientos tantos inútiles presentimientos, una fidelidad ciega de perro, un corazón que puede ser de hierro que no conmueve a veces ni la muerte.
Ni la alegria, ni la buena suerte.
¡Si tengo un corazón es para que arda!
No he agradecido al ángel de la guarda
que este junto a mi lado noches, dias,
brillando como en las calcomanias.

He pecado por faltas de omisión y aún más por insólita obsesión.
Lo que me ocurre, ha de ocurrir mil veces antes de tiempo y después ¡ay! con creces.

Los actos primordiales no contaron
para mi, sino cuando se alejaron, a ejemplo de los nítidos cipreses,
de las piñas que son como los peces,
del rio que relumbra hecho de mica en mi memoria que los multiplica.

He desdeñado lo que precio ahora
los secretos del tedio, cada hora,
la diversión de la monotonía,
y ese deslumbramiento que varía
de los años que sobran y que faltan
en las agujas del reloj que saltan.

Fui y soy la espectadora de mí misma;
cambia lo que entra en mí como en un prisma.
La espectadora soy desesperada,
de la malignidad con traje de hada,
del disfrazado diablo que es un santo,
niño de carnaval que sufre tanto.
La que tiembla de miedo de sufrir,
que de amor a la vida ansia morir;
la que llora por si con penas de otros, que dice solo «yo» al decir «nosotros

Pienso: el humo, el follaje se parecen,
pero sólo las hojas reverdecen
Del mal, del bien podré decir lo mismo?
No. El mal reverdece en el abismo.
Dentro de un pálido calidoscopio a veces fascinante como el opio, sentimientos dispares en mí están,
cambia así de lugar sin fe Satán.

Hay luz, hay rosas y hay basura y repugnancia en la ambición más pura,
como hay felicidad en mi dolor y en mi dicha siempre algo aterrador.
Tantas ventanas tiene el mundo abiertas, tantas puertas espejos, gentes muertas, como remordimientos mi inocencia, o mi maldad insólita conciencia.

¿Por qué con ojos que no llevan venda me interné por la interminable senda del pecado que gira en espiral, perdiendo lucidez con tanto mal?
¡para entrar en el sórdido edificio pobre y monótono del maleficio!
¡Por qué me desnude frente al balcón si no entra el sol en todo el corazón!

¿Acaso era la piel y no era el alma la más capacitada en darme calma?
¿Por qué miré de pronto a una persona como si viera en ella una corona que la elevara al rango de los dioses?
¿Por qué me inspiro el bien males atroces y el mal inextricable, algún placer que se asemeja en suma a perecer?

¿Por qué no contemplé a la demás gente a la par de un jardin atentamente?
¿Y por qué si me hablaron me alejé pensando en otras cosas y escuché solo el cóncavo grito de la mala estatua avergonzada de una sala, o el ruido lacerante de un cristal humanamente sobrenatural?

(Apenas sé por qué me fascinaban como voces de iglesia que cantaban).

Repugnante y atroz cual lepra aviesa que contagia la boca del que la besa, cual gangrena que horada hasta los huesos,
cual rencor humillado aun por los besos,
como si fuesen de oro y adorados…
se cultivan en mi alma los pecados.
Culpable soy. No necesito vino para embriagarme y el color divino de cualquier rosa clava en mí su espina,
para hacerme sufrir, y la mezquina indiferencia por la humanidad me persigue.
No digo la verdad, y si la digo es como si mintiera.
Del árbol soy la horrible enredadera, que de abrazar
al árbol lo estrangula,
porque el amor al crimen me vincula.

Vivo en un mundo negro y amarillo, no sólo la alegria tiene brillo: los juegos de artificio que son rojos brillan como lágrima en los ojos.
Brillan también las uñas de los muertos,
el agua putrefacta de los puertos,
la forma de una herida reluciente de alguien que está muriendo de repente.
Sólo por interes amo a quien me ama,
¡Qué diferente soy de cualquier llama que lleva a Buda, guiado por su estrella, mensajes como lleva una botella!

Por qué inventé el objeto que admire y el que era de valor lo rechacé?
¿Y por qué en vano anticipé la ciencia como un fantasma de mi preferencia buscando siempre contrariar lo actual, lo más perfecto o lo que fue ritual, colocando su insólita figura junto a la realidad que ha de ser pura?
¿Por qué el remordimiento ha lacerado mi corazón de un mal que no he enmendado ni en la niñez en los espejos frios que eran cuchillos grises o bien ríos?

¿Por qué fui lo que fui? Fui lo que soy,
lo que no me acostumbro a ser ni hoy,
lo que el amor me lleva siempre a amar, o bien involuntariamente a odiar.
Como si en mi conciencia hubiera un león o un santo: agazapado en la ilusión.
¿Sólo la imagen sola será cierta y el resto una ilusión tras una puerta cerrada que jamás llegará abrirse aunque el cuerpo pudiera redimirse?

¿Sólo la imagen permanece y vuela como la llama que ilumina y vela?

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