Julien Tanguy, antiguo “communnard” socialista para el que “quien gasta más de cinco céntimos al día es un pillo” y modesto comerciante de colores, fue el primer entusiasta de la obra de Van Gogh. El fondo, estampas japonesas de la colección del propio Vincent, es un manifiesto del gusto del artista.

La frontalidad monumental le confiere el mismo aire de sencilla dignidad de los campesinos de Nuenen, y representa el tipo de retrato al que Van Gogh aspiró a lo largo de toda su carrera.

Japón en la Provenza:

Vincent se trasladó a la localidad meridional de Arlés en febrero de 1888 con la idea de asentarse más tarde en Marsella. La convivencia con Theo en París se había hecho muy difícil y la luz plena y clara del sur se antojaba a este oriundo de tierras brumosas un destino mítico y revelador. En más de una ocasión identificó ese mundo provenzal con el potencial de sugerencias e innovaciones que todos los
pintores modernos de la época asociaban a la estampa japonesa: “Aquí no me hace falta para nada el arte japonés, pues me hago la ilusión de estar en Japón y solo necesito abrir los ojos y absorber lo que hay ante mí”, le escribió a su hermano en Arlés. Efectivamente, Van Gogh consolida su estilo en estos años, desarrollando en
un sentido personal la lección del color impresionista aprendida en París. Poco a poco, su paleta se subjetiviza y se hace independiente del color local. Este proceso alcanza su máxima expresión en algunos cuadros de 1899, pintados durante su internamiento psiquiátrico en Saint – Remy, cerca de Arlés. Sólo la intensa dedicación de Van Gogh a su obra explica un tránsito semejante en su pintura en tan corto tiempo.


«Retrato de Père Tanguy»
(óleo sobre lienzo 92 x 75 cm)
París , Musé de Rodin.

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